CUARTO DOMINGO DE CUARESMA - C PDF Imprimir E-mail
HOMILÍA DE MONSEÑOR JOSÉ LUIS MOLLAGHAN, ARZOBISPO DE ROSARIO.

Queridos hermanos: celebramos el cuarto domingo de Cuaresma, y ofrecemos esta Misa en memoria de Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los focolares, que partió hacia la Casa del Padre hace dos años. También en nuestra Catedral de Rosario la recordamos, acompañados por tantos focolarinos y focolarinas de Rosario y alrededores, que han deseado esta celebración como una muestra de gratitud a su querida fundadora. 

La parábola del  padre misericordioso

Hoy proclamamos una de las páginas del Evangelio, que al leerla siempre toca profundamente nuestro corazón. Es la parábola del hijo pródigo, o  de los dos hermanos; o también del Padre misericordioso; y podríamos decir que esta lectura divina proclamada durante la Cuaresma, es una invitación,  “una llamada a dar un nuevo sí al Dios que nos llama” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, pag. 244). 

El anuncio del Evangelio nos permite descubrir, que el centro de la parábola es el padre, rico en misericordia, que recibe al hijo que vuelve, y quiere ser un ejemplo de amor, para el hijo mayor que no perdona.

El amor del padre  se refleja en la espera y en las actitudes que tiene hacia su hijo.  Porque al percibir su regreso, como nos dice el Evangelio,  aún  cuando estaba lejos, lo vio, salió a su encuentro, se conmovió profundamente, se puso a correr, lo abrazó y lo besó. Nunca le hizo un reproche, sino que como muestra de su alegría, mandó preparar un gran banquete. 
Es verdad que el hijo menor abandonó a su padre, pidió la parte de su herencia, se fue y gastó todo. Sin pensarlo se transformó en un cuidador de cerdos, y hubiera querido comer el alimento de los animales. 

Pero la parábola no se detiene en lo que sucedió antes, sino que  destaca la riqueza del encuentro entre el hijo y el  padre. El hijo confiesa su culpa:”he pecado contra el cielo y contra ti, no merezco ser llamado tu hijo”. Y el padre, a su vez,  reconoce que “volvió a la vida”, que  “estaba perdido y fue encontrado”.

En el Padre descubrimos, la imagen de la compasión de Dios,      de la reconciliación; que en cambio no aparece reflejada en el hijo mayor. El Padre de la parábola es Dios, y cambia la queja o el posible reproche, en un gesto de amor, que en su infinita bondad, no deja de enriquecernos con sus dones,  y escuchar nuestras súplicas. 

La parábola mira también a nuestra propia vida.

La parábola mira a la época de Jesús, a los fariseos y publicanos que se enojaban por su bondad con los pecadores; pero también mira más allá, mira a este presente, y a nuestra propia vida.

Como el hijo de la parábola, muchas veces dejamos a Dios y nos sentimos dueños absolutos de nuestra vida, inclusive sin un sentido y un rumbo, y  sin pensar que Él siempre nos espera. Si, Él espera siempre al hijo que se fue, y recibe con misericordia al hijo que regresa.

Dios que es  “rico en misericordia”, no se cansa de esperarnos y por mucho que nos alejemos, cuando decidimos regresar, nos recibe con sus brazos abiertos, porque Dios es amor; y se alegra de encontrarnos, como a sus hijos,  como a la oveja perdida.

El hombre de hoy, frecuentemente se siente vulnerable y necesita un Padre
 
El hombre de hoy, frecuentemente se siente vulnerable, como un niño, porque el padre está lejos; se olvidó de Él o lo abandonó; o tal vez porque nunca supo siquiera que tenía un Padre ni  conoció  su voz.
 
Sabemos que detrás del mal cometido, siempre  hay  una soledad abrumadora,  y fácilmente se puede olvidar que la vida, hasta con sus males más grandes, es siempre un don; y hay una Padre que nos espera y nos consuela.
 
Aún el hombre más malo siempre desea ser perdonado; y cuando se encuentra con el Padre, es tal su misericordia, que sus ojos pueden volver a brillar, y dibujar una sonrisa  por el perdón recibido. Esta es la invitación que nos hace el Evangelio de hoy, encontrarnos con el Padre, que nos llama y atrae, y nos da su perdón; y aprender de Él a perdonar.
 
De algún modo nosotros también somos hijos los pródigos, aún cuando aparezcamos muy justos, como el hijo mayor de la parábola. El  abrazo de Padre y del hijo, tal como lo escuchamos en el Evangelio, también manifiesta lo que el hombre  desea y necesita; lo que todos deseamos y necesitamos aún sin decirlo o sin reconocerlo. Necesitamos saber que a pesar de nuestras faltas, tenemos un Padre que nos ama y perdona; y por esos somos más hermanos. Experimentar que la comunidad cristiana, es un hogar donde podemos sentirnos en nuestra casa, y que a lo largo de la vida somos ese hijo que siempre puede volver y encontrarse con su Padre.                    
 
El mundo, la cultura de hoy,  tienen que conocer el amor de Dios. Como nos dice la primera carta de San Juan: « Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él » (1 Jn 4, 16). 
 
Este es “el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino” (Benedicto XVI, Dios es caridad, Intr.). 
 
Un descubrimiento "fulgurante"                 
 
Recordando y pidiendo por el eterno descanso de Chiara, tengamos presente que  durante la segunda guerra mundial, en Trento, bajo los bombardeos que destruyeron todo, ella, joven aún,  quien tiene en ese entonces un poco más de 20 años, en medio de  un clima de odio y de violencia, experimenta el encuentro con Dios Amor, el Único que no pasa.  
 
Un descubrimiento, definido por ella como "fulgurante", "más fuerte que las bombas que destruían Trento", que comunica y comparte enseguida con sus primeras compañeras. Desde entonces su vida cambia radicalmente; de tal manera que, si hubiesen muerto, sobre su tumba, habrían querido una única inscripción: "Y nosotros hemos creído en el amor".
 
Chiara misma, haciendo un balance de su vida se refería  a los “abismos de dolor y a las “vetas de amor“; y al deseo de compartir hasta lo más profundo la noche que oscurece hoy gran parte de la humanidad e irradiar la luz de Dios Amor.
 
Volviendo a nuestra parábola, este amor del Padre y a nuestros hermanos, no es un idealismo ni nos aleja de la realidad, sino que la transforma y nos transforma en hacedores de amor y de bien. Como nos enseña el Papa,  en los santos es evidente que, quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos. En nadie lo vemos mejor reflejado que en la Virgen María. (cfr. ibídem, n º 42). A Ella le pedimos  en esta Cuaresma volver a nuestro Padre.